Cuando era muy pequeña encontré en el libro de Las mil y una noches el cuento de "El pescador y el genio", y siempre quedó en mi memoria la forma en que el genio, encerrado, durante el primer siglo promete recompensar a quien lo libere; cien años después promete grandes tesoros y, cien más tarde, tres deseos cada día. Tras siglos de encierro sin ser liberado, la espera lo llena de ira y decide que matará a quien lo saque, permitiéndole solo elegir cómo morir.
Desde que te fuiste, cada día desperté con la ilusión de que ese día ibas a llegar; te iba a pedir disculpas e iba a ser una mejor persona. Semanas después prometí cocinarte y abrazarte; pasaron meses y juré esperarte con mil palabras buenas para ti. Tiempo después este abandono ha hecho que decida que, cuando vengas, no quedará más que restos de un amor maltrecho, con toda la ira que reuní desde la adolescencia y la esparciré sobre tu cuerpo.
No sé cuáles son los designios de Dios porque no creo en él, pero de algo estoy segura: el tiempo quema la voluntad y la credulidad que tenemos cuando niños. Ese paraíso perdido del que extraviamos la llave, borrachos, en una calle sucia. Espero que el Infierno te guarde para siempre y que, desde allí, me mandes un beso, sólo eso, la despedida que nunca tuviste la decencia de regalarme, ahora solo espero que elijas cómo morir.

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